Agencia La Oreja Que Piensa. Argentina 2010. (Por Fernando González y Andrea Francia)
El diccionario define a la ideología como “acervo de principios”. La ideología es la que gobierna nuestros actos y nos señala errores y aciertos. Es la que vamos forjando como producto de lo que hemos mamado de nuestra realidad y comprensión, de nuestro origen. Es la que nace de nuestra esencia y nos construye como ser social.
Justamente, en una sociedad dividida en clases como la nuestra producto de la desigualdad, se hace imperativo prestar atención a nuestra ideología. La que nos pertenece. Porque la mayoría de las veces procedemos en forma inconsciente, espontánea, ante cualquier hecho del que nos informamos o circunstancias que nos toca vivir. Y no es tiempo de ceremonias. Urge pensar que hacemos ante acontecimientos que se suceden vertiginosamente, porque nos estamos jugando el futuro de nuestros hijos. ¿Le dejamos un páramo o tierra fértil y luminosa?
¿Qué esperamos para ser protagonistas y no simple espectadores de una realidad que se nos impone?
Decimos esto porque a veces, la mentada ideología puede no estar representándonos. Quizás estemos alimentando una que va contra nuestros intereses, sin tener conciencia de esto. Cuantas veces observamos a individuos que le faltan hasta lo más imprescindible, pensando como potentados, defendiendo derechos que no les pertenecen. Y en lo político, votando a partidos y personajes que no los representan.
Todo partido político responde a un estrato social determinado. Están los que representan -o deberían- a los más humildes, los de la clase media y aquellos que responden a los sectores más poderosos.
Los “conservadores” no cambiarán nada. Mantendrán las cosas como están. Son defensores del status quo. Es más, se oponen a cualquier cambio que ponga en peligro sus privilegios.
Los de clase media solo se conforman con simples reformas que siempre les favorece y también se oponen a que estas reformas se profundicen.
A los únicos que les hace falta cambiar casi todo son a los más desprotegidos, a los pobres, a la clase trabajadora. Estos sectores sí necesitan cambios profundos y revolucionarios.
Por eso todo pasa por una cuestión ideológica. De allí la importancia de no equivocarnos con esta, de no ir a contramano con nuestro acervo de principios. Solo puede hablar de hambre con razón, aquel que no ha tenido para comer alguna vez.
Nuevos vientos soplan en América latina desde hace algunos años y cada pueblo vive una experiencia distinta como corresponde de acuerdo a su idiosincrasia, su nivel de desarrollo político, del grado de organización de los sectores que impulsan los cambios.
El nuestro no es ajeno a estos acontecimientos. Se han realizado transformaciones que han molestado -y mucho- a los poderosos que cuentan con el apoyo incondicional de los grandes medios de información -que a esta altura deberíamos decir de desinformación-, con el agregado que en las últimas elecciones se modificaron la relación de fuerzas en el Congreso, debido a la incorrecta ideología puesta de manifiesto al emitir el voto muchos de los que anhelan los cambios.
Apoyemos lo bueno que se hace y defendamos un gobierno jaqueado por una oposición que no se equivoca con su ideología, que es una máquina de impedir. Y con sentido crítico reclamemos lo que todavía no se ha hecho. Pero miremos en perspectiva. Que el árbol no nos tape el bosque.