EL GRAN POETA DE LA LUNFARDÍA

Agencia La Oreja Que Piensa. Por Luis Blaugen-Ballin (*)
El tano Amleto, el hombre que parió a Julián Centeya… para que no lo cubra esa mortaja injusta que es el olvido…
 
Julián Centeya (**) ciudadano de Boedo, fue el seudónimo más popular de Amleto Enrique Vergiati, quien además tuvo otros alias, entre ellos: Enrique Alvarado, Juan sin luna, Shakespeare García y Enrique Álvarez. Fue uno de los grandes poetas de la lunfardía, recitador y letrista de tango. Se le conocía también con el mote de El hombre gris de Buenos Aires.
Tomó su apodo junto a la primera canción que escribió, la milonga "Julián Centeya", musicalizada por José Canet (1938). Nace entonces el mito. Adiós al tano Amleto:
 
"Me llamo Julián Centeya
por más datos soy cantor
nací en la vieja Pompeya
tuve un amor con Mireya
me llamo Julián Centeya
su seguro servidor."
 
Debido a la persecución de su padre por ideas políticas (era un periodista anarco), huyen de Italia en el ‘12, emigrando a la Argentina, con un futuro Julián de menos de 2 años. Recalaron inicialmente en San Francisco (Córdoba), después vinieron para Baires y, luego de deambular por varios conventillos porteños, terminaron asentándose en el barrio de Boedo, lugar al que tuvo siempre el cuore amarrado (“pa' ver si se enteran que yo soy de Boedo”»), con sus alegrías y sus amarguras, los dos sentimientos antagónicos que anclan el corazón a los recuerdos.
 
Se casó con Elena Gorizia “Gory Omar” Vattuone (hermana de la cancionista Nelly Omar), aunque la relación vivía de deterioro en deterioro debido a la vida bohemia de Julián. Gory falleció en 1967.
Julián escribe en 1941 su primer libro de poesía "El recuerdo de la enfermería de Jaime",  empleando el sobrenombre Enrique Alvarado. Incluye “Sigo pensando en vos, negro”, dedicado a Satchmo.
Le siguen " El misterio del Tango" (1946), "La musa mistonga" (1964), y en 1969 publica "La musa del barro", con prólogo de César Tiempo, considerado su mejor libro, incluyendo un poema en homenaje a Pichuco. Ese mismo año grabó en RCA Victor varias de sus odas, incluyendo "Atorro", el realismo más crudo desnudado en una madeja ‘e versos, alcanzando la lobreguez superlativa. Es el cenit de la soledad más hastiante. Graba poesías dedicadas a Arolas, el tigre del bandoneón, al Cele, a Discepolín…
 
En 1971 escribió su única novela, "El vaciadero",  exhibiendo la cruel realidad de los "quemeros", los marginales que concurrían a "la quema" donde se incineraba la basura, para revolverla y subsistir de la carroña de la carroña. Centeya pregonaba lo que vivía, tenía un compromiso social y una filosofía muy profunda en sus acciones: “Para escribir hay que vivirla; si no nos acunamos en el camelo literario”.
En 1976 fue uno de los créditos que hicieran su aparición en la película de Fernando Ayala y Héctor Olivera El canto cuenta su historia, junto a Leda Valladares, Cayetano D'Aglio, Andrés Chazarreta, Rosita Quiroga y un elenco tremendo.
 
Se desempeñó también en la radio, particularmente en Radio Colonia (Uruguay), con su programa "En una esquina cualquiera" y en Radio Argentina, con su programa "Desde una esquina sin tiempo". También escribió artículos para los diarios Crítica, Noticias Gráficas y El Mundo, así como en las revistas Sábado y Prohibido. Recitó en la AM poemas de mi amigo y tocayo Luis Alposta, contribuyente para que yo escribiese esto.
Vivía en una casa repleta de gatos y libros que alfombraban los pisos en el Pje. Sócrates 3045 de Coghlan.
 
Incursionó como letrista con “Claudinette” con música de Enrique Delfino, “La vi llegar” y “Lluvia de abril” musicalizados por Enrique Francini, “Lison” por Ranieri, “Más allá de mi rencor” por Lucio Demare, “Julián Centeya” junto al músico José Canet y “Felicita” por Hugo del Carril, integrando esa cofradía de poetas del tango junto a Carlos de la Púa, el Cele, Cadícamo, Cátulo Castillo, Homero Manzi y Discepolín.
 
Trascurrió sus últimos días internado en el Sanatorio Finochietto; de allí fue trasladado a un geriátrico en Villa Urquiza, fugándose y volviendo a su casa de la calle Aráoz, donde falleció. Un infarto le frenó el cuore, esa víscera que se había emberretinado tanto con el barrio de Boedo.
 
“Si me voy piola
en el finirla está la salvada
llevo conmigo mi alma cansada
que hace diez siglos
no quiere lola”.
(*) Comunicador social.
(**) Borgo Val di Taro, provincia di Parma, Italia, 15 ottobre 1910 – Buenos Aires, 26 de julio de 1974
 
 
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