La oreja que piensa
Para leer en cuarentena

Bajo Flores Parte I

Bajo Flores intenta ser una novela policial o un cuento corto. La autora al narrar la vida de Doña Elvira y de sus hijas cuenta mucho más, relata la argentina peronista del 73 y la desaparición física de su líder.  En preferencia para nuestra agencia.

Agencia La Oreja Que Piensa. Por Silvia Nora Borrajo (*)

Siempre estuve convencida que el 2013 sería un año muy complicado porque el número 13 es yeta, en ese sentido el relato que nos va a ocupar está teñido de sucesos desafortunados, de hechos siniestros en dónde los protagonistas ni son culpables ni son inocentes, simplemente tuvieron el sigilo de transitar este maligno año.

Sara Sandoval es una mujer de 53 años que vive en una casa muy antigua del barrio de Flores. Sara es propietaria de 17 perros, 5 gatos y un loro parlanchín llamado Pedro. La relación de Sara con su vecindario es frágil, aunque no voy a ahondar en este momento sobre este apartado, quiero especificar que en reiteradas oportunidades sus vecinos la denunciaron por ruidos molestos, suciedad y agresiones de todo tipo.

  

Para saber de Sara Sandoval me es imprescindible remontarme a Sarita, una niña regordeta de gruesas gafas y cabello rizado con un temple inquietante, aunque atrayente para meterse en problemas.

Amante de los animales, experimentaba con ellos todas sus inquietudes, es así como cocía arañas para hacer perfumes con los que aromaba a sus perros o hervía caracoles hasta convertirlos en una repugnante sopa.

Cuando cumplió 12 años nació su única hermana Susana que no era Sandoval, pues el padre de Sara había expirado tres años atrás en una avalancha en la puerta 12 en el súper clásico Boca- River. Susana era hija de su madre, simplemente, entonces llevaba el apellido Suarez de rama materna.

La llegada de su hermanita complicó su pre adolescencia e irritó vorazmente el fin de su niñez. Al año del nacimiento de Susana la familia se muda a Flores, a una casa que Doña Elvira, madre de las niñas heredó de una difunta tía.

Este hecho terminó de perturbar la personalidad de Sara que tuvo que adaptarse de la noche a la mañana de una vida apacible en el pueblo de Luján a una vida mundana del Bajo Flores. La relación con su hermana se tornaba cada día más patológica, ahora todo lo experimentaba con la pobre Susana, desde darle mamaderas con leche fermentada hasta cocinarle papillas con sobras de guisos, tortillas o cuanta cosa hubiera en la heladera, siempre que la mirada atenta de su madre se lo permitiese.

Ya en Flores no retomó la escuela, doña Elvira se cansó de verla repetir y decidió no mandarla más, entonces era ella la que se encargaba con sus trece años de llevar adelante la casa, de cocinar, de atender a Susana, de limpiar y de creerse a cada momento dueña y señora de su casa, hasta su mamá llegó a aceptarlo sin oponer ninguna resistencia, esto le resultaba útil para su trabajo en la limpieza de casas ajenas; se iba a las 8 y volvía a la tardecita muy cansada y sin energía para revertir las acciones de Sara.

Una tarde cuando estaba tratando de dormir a su hermanita tuvo su primera crisis psiquiátrica que se materializó como alucinaciones místicas. Efectivamente tomó a la beba y la colocó en su regazo y comenzó a ataviarla como un ángel, le colocó alas diseñadas con una percha envuelta en trapos y una corona de flores en la cabeza y comenzó a rezar frenéticamente mientras la niñita lloraba intermitentemente casi ahogada por la cantidad de velas que azotaban el cuarto.

Un incidente que no trascendió, porque en éxtasis se quedó dormida y cuando despertó ya más tranquila apagó las velas y volvió todo a la normalidad. Nadie supo de ese primer hecho que fue el puntapié inicial para lo que más tarde se diagnosticase como esquizofrenia.

Otra tarde de verano, mientras Susy dormía otro episodio se apoderó de Sara, esta vez no fue una alucinación sino un ataque de ira. Y esta vez su furia se hizo carne de su carne y se lastimó con un cuchillo, se peló los brazos como si fuera una cebolla y sangró tanto que se asustó y salió a la calle ensangrentada pidiendo ayuda.

Una vecina la asistió, le limpió la sangre en un sinfín de preguntas, pero nada dijo, solo miraba azorada como si eso no le estuviera pasando a ella. Esta vez, no podía ocultar que algo la estaba atravesando.

La vecina se quedo con las niñas hasta que llegó doña Elvira, quién no podía entender lo que había sucedido, no lo podía poner en palabras, era su hija y estaba despellejada, y con la mirada ausente. Quedaron solas, en silencio, con la certidumbre que algo no estaba bien y con la preocupación de no saber cómo seguir.

Doña Elvira pidió un tiempo en la casa que limpiaba, no podía ausentarse, su bebita estaba en peligro y su hija también. Para un sostén de hogar la vida se complica sin trabajo, no podía darse el lujo de perder esa casa, Elvira volvió a atarearse. Sara otra vez sola y dueña de casa.

Corría el verano de 1973, estación caliente en todos sus aspectos, entre las elevadas temperaturas y las efervescencias electoralistas el pueblo argentino se debatía entre salir de una dictadura y retomar una ansiada democracia, a soportar,  sin una severa deshidratación, los avatares para finalmente depositar airosos sus votos en las urnas.

Sara y Susy estaban en la plaza que queda a dos cuadras de la casa, ella tenía la costumbre de llevar a su hermanita en brazos a jugar en el arenero y ahí mientras la niña jugaba ella acariciaba a cuanto perro estuviera a su alrededor.

Pero esa tarde ocurriría un hecho que nada tenía que ver con ella y sin embargo la marcaría para siempre y contribuiría a que su enfermedad se siguiera enquistando.

Las propagandas políticas empapelaban la ciudad y una en particular rodeaba con afiches la plaza: "Compañeras, compañeros, la elección ya está resuelta/ganaremos la primera y no habrá segunda vuelta. / Cámpora y Solano Lima, /los hombres, del Frente y de Perón."

En ese contexto la plaza bullía, y el tema estaba en boca de todos… “quien sería el próximo presidente”, cuando de pronto una frenada chirriante, puertas que se abren, se cierran, gritos, insultos y cayó como una bolsa de papas un hombre atado como un matambre  en los pies de Sara que no tuvo tiempo de reaccionar, en un segundo el auto de dónde cayo el cuerpo, arrancó a gran velocidad.

La gente comenzó a agolparse en derredor del bulto, alrededor de Sara, que observaba la escena tiesa y protagonista. El hombre tenía 13 disparos e indudablemente era un muerto político. La plaza se llenó de policías, de pronto los afiches políticos cobraron vida y todo fue un caos.

No sé cuánto tiempo paso, pero Sara olvidó porqué estaba allí y corrió asustada hacia su casa, recién allí recordó a Susy que no estaba con ella. Se quedó sentada al borde de su cama sin saber qué hacer y lloró, lloró y siguió llorando hasta que llegó su madre.

El barrio entero estaba convulsionado, doña Elvira fue a la plaza en un suspiro y allí en el arenero encontró a Susana junto a un policía, en su regazo.

Épocas difíciles para vivir con tantas responsabilidades, quizá nada tiene importancia más que un destino, una brújula para una Nación, pero en la vida de una adolescente algunas cosas dejan una huella tan honda que su propia historia es consecuencia del cuento que le fueron contando.

Como corolario, el 11 de marzo de 1973  el FREJULI gana las elecciones con el 49,59 % de los votos, por sobre la fórmula radical encabezada por Ricardo Balbín que obtiene el 21,3%.

Lanusse y Balbín reconocen el triunfo y la inutilidad de una segunda vuelta. Los cuadros de todos los sectores de la Juventud Peronista son designados para ocupar algunos Ministerios, Secretarías de Estado, y resultan electos en puestos legislativos nacionales, provinciales y municipales.

La “tendencia Revolucionaria” del peronismo, interpretaba que la referencia "juventud maravillosa" al decir de Perón, parecía dirigida en exclusiva a esta organización y que estaba a punto de convertirse en la legítima heredera del Movimiento, cuestión lejana con la realidad y construida en el voluntarismo político de sus máximos dirigentes. Pero esto es harina de otro costal.

Llegaron con la insípida democracia tiempos militantes para la familia Suarez Sandoval, es así que doña Elvira, ferviente devota del General Perón, consiguió un trabajo mejor remunerado en una fábrica de bombones muy conocida nacional e internacionalmente, fue su propia patrona quién le consiguió ese trabajo, pero una de las condiciones para obtenerlo era afiliarse al sindicato de la Alimentación, cosa que hizo inmediatamente.

Con la incorporación llegaron nuevos augurios, pero también responsabilidades y derechos que arrastraron a la familia a una faena intensa en varios aspectos. La jefa de hogar trabajaba desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde, eso le dejaba más tiempo para estar en su casa, entonces las relaciones familiares se fortalecieron y Sara quedó más liberada de las labores domésticas, lapso que esgrimía en sus mascotas, que por ese entonces eran mucho menos que en su edad adulta.

Tenía un pequeño loro, Pedro quién la acompañó a través de su vida y que indudablemente era el observador inquieto de cuanto sucedía en la casa de Flores. Preocupado por aprender Pedro recibía todos los estímulos para enriquecer su vocabulario, así se escuchaba al loro repetir “Elvirita ya llegaste”, “viva Perón”, “nena, nena dame la papa”, “Pedrito, Pedrito, dame la pata” y todas las frases  que Sara se empeñaba que repitiera, para lo cual se pasaba horas remachándoselas.

Además del cargante había en la casa dos perras, Clara y Cora; una gata de apodo Minina que cada 6 meses estaba gorda y paría con la ayuda de Sara, quién se ocupaba de criarlos y de mercantilizarlos entre los vecinos, a veces como un excelente excedente, otras, abandonándolos con grandes moños en las puertas colindantes, sin dejar de sentir una pena considerable.

Pero lo más impresionante eran los bichos que convivían en el hogar con su sola anuencia; arañas, sapos, lagartijas, mariposas y lombrices; todas y cada una tenían nombres y moradas que ella misma cimentaba y escondía de la presencia de extraños.

Las mariposas se morían en días, eso le provocaba una gran pena, para mitigarla les hacía un funeral y las sepultaba en un libro de múltiples páginas.

Clara y Cora, testigos mudas de sus rituales sentían por Sara una lealtad serafina, la acompañaban en todos sus pasos, era frecuente verlas por el barrio como tres amigas dialogando, ladrando o blasfemando; dependiese la circunstancia.

Otra de las actividades de la familia era militar, ardua tarea en los tiempos que se vivían, la presencia era una práctica diaria y doña Elvira tenía obligaciones sindicales porque era delegada de la Comisión Interna de  la fábrica, que era basista y combativa y su sede quedaba a unas cuadras de la casa, entonces todas las tardecitas las tres se dirigían allí a auxiliar con los quehaceres que les encomendaban porque durante la campaña electoral Perón-Perón, los militantes desplegaron actividades proselitistas de pintadas en muros, entrega de volantes y encuentros en unidades básicas.

Las pintadas más frecuentes eran:”Perón o muerte”, Perón, Evita, la patria peronista”, “Perón, Evita, la patria socialista”, “Ni votos, ni botas, Fusiles y pelotas”.

Pintar paredones entretenía  a Sara, le daba una adrenalina parecida a la de otras  mujeres que eran intérpretes de estas voces y tomaban la doctrina como un modo de hacer en la vida en dónde la militancia las constituía.

Elvira y sus hijas todas las noches rezaban en la mesa después de cenar la misma frase: Mantengámonos  unidas, nuestros problemas los arreglamos en casa y los problemas del país los solucionamos entre todos los que queremos a nuestra Patria,  amén.

Y a dormir, para comenzar otro día testigo del compromiso, del trabajo y para Sara de un mundo que se le abría ante sus ojos que la convulsionaba.

Remontándonos al presente, en verdad parece increíble que la memoria juegue andadas tan ingratas en la mente humana, Elvira Suarez una mujer que fue sostén de su hogar, que atravesó momentos delicados en su puesto de delegada, de trabajadora y que airosamente se desplegó en la totalidad de sus jornadas hoy padece el mal de alzhéimer, una enfermedad cerebral que causa problemas con la memoria, la forma de pensar y el carácter o la manera de comportarse. Este padecimiento no es una forma normal del envejecimiento, tampoco es corriente la vida actual de la Doña.

La casa del bajo Flores sufrió un deterioro similar al de sus dueñas, el excremento del los animales, las hojas secas acumuladas en años, la ropa sucia, la grasa, el baño símil letrina son algunos aspectos que muestran el quebranto que sufre la familia. Inquietante son los dichos de una vecina que le recriminó a Sara el estado de abandono, suciedad y olor que salía de su casa, donde hay  17 perros que, según el vecindario, son agresivos, atacan y hasta se "comieron a otros animales" del barrio. 

Dicen que la cantidad de  canes es tal,  que  nunca nadie pudo aprenderse sus nombres; los vecinos creen que Sara los cruzaba entre ellos y cada vez que se enoja, los larga a la calle, sin correa.

En la cuadra de Flores, tienen miedo.

Un vecino recuerda que uno de los perros, uno feroz, mató al pequinés de una señora de la vuelta. Cada tanto aparece algún perro muerto en la esquina.

Sara acusa a sus vecinos, pero ellos están seguros que ella misma los mata.

Muchas de las familias del bajo Flores tienen perros, es un barrio que hoy por hoy, sufre situaciones continuas de inseguridad y los perros cumplen una función de guardia fundamental pero,  los de Sara son ingobernables.

Perros, sucios, atrapados en una casa más sucia todavía, desprenden un aire espeso, nauseabundo, que se siente en toda la cuadra. Ella misma arrastraba ese olor por donde pasara. Nadie, o casi nadie,  osa decirle algo.

A su espalda, la llamaban la “loca de los perros”.

En frente de ella, su madre, una anciana senil que no recuerda nada, a veces balbucea el nombre del General y en voz muy baja repite: ni votos, ni botas, Fusiles y pelotas, como si en esa frase pudiera perpetuarse, volver a ser.

Doña Elvira parece un fantasma deambulando por su casa, a veces se la ve desnuda, con su cabellera larga y cana, con pasos dubitativos sin rumbo. Sara la contempla impávida, quizá con toda la bronca que le produce recordarla altiva en cada cena cuando les hablaba de un futuro que nunca sucedió.

Quisiera volver para atrás, a esos días en que la fantasía de una patria libre era tan posible como el crecimiento de las hermanas Sandoval Suarez. Susy con sus tres añitos prometía ser una niña tocada por una estrella así como su contraria, Sara, estaba franqueada por los peores augurios. Esa dualidad se percibía en cada circunstancia.

En los inicios de la primavera de 1973, dos hechos políticos inquietaron la vida de los argentinos. En las elecciones del 23 de setiembre, Juan D. Perón obtuvo el 62% de los votos, consiguiendo por tercera vez la presidencia de la Nación, un efectivo plebiscito.

Sin embargo, cuarenta y ocho horas después, esta unidad se disipaba a raíz del asesinato del secretario general de la CGT, el dirigente metalúrgico José Ignacio Rucci. La imagen  del sindicalista había quedado en las retinas de los argentinos por haber cobijado a Perón con un paraguas cuando se produjo su primer regreso, el 17 de noviembre de 1972. 

El martes 25 de setiembre al mediodía, el gremialista fue acribillado en la puerta de su casa al igual que uno de sus custodios, recibiendo 23 impactos en su cuerpo, los responsables de tal hecho nombraron al episodio como "Operación Traviata" en referencia a las galletitas cuya publicidad anunciaba el número de agujeros que tenían. 

En la breve  "batalla peronista" los enfrentamientos continuaron y la tan anhelada unidad nacional aparecía cada vez más remota, presagiando los sucesos que pondrían al país al borde de un verdadero caos, desencadenando un proceso institucional y económico de graves consecuencias para el conjunto de la sociedad argentina. 

Doña Elvira, Sara,  y el país entero sintieron una  consternación absoluta; hasta esa suerte tuvo Susana, no registró en carne propia la angustia y soledad ciudadana que estas mujeres padecieron, y que tuvo su punto culmine, unos meses más tarde cuando el General Perón muere.

El lunes 1 de julio de 1974 doña Elvira llegaba de la fábrica, eran las dos y veinte de una tarde lluviosa y fría, cuando entró en la cocina vio a su hija mayor sentada frente al televisor llorando desconsoladamente, se acercó, vio las imágenes que le devolvía el artefacto y cayó desplomada al piso.

Cuando regresó en sí, escuchó difusamente el parte médico: “El señor teniente general Juan Domingo Perón ha padecido una cardiopatía isquémica crónica con insuficiencia cardíaca, episodios de disritmia cardíaca e insuficiencia renal crónica, estabilizadas con el tratamiento médico.

En los recientes días sufrió agravación de las anteriores enfermedades como consecuencia de una broncopatía infecciosa. El día 1º de julio, a las 10.25, se produjo un paro cardíaco del que se logró reanimarlo, para luego repetirse el paro sin obtener éxito todos los medios de reanimación de que actualmente la medicina dispone.

El teniente general Juan Domingo Perón falleció a las 13.15”.

Se les había muerto el líder.

A los 43 años Elvira se sintió por primera vez absolutamente desamparada. Lo que siguió después fue un interminable funeral, se calcula que mientras el cuerpo de Perón estuvo expuesto en el Congreso, unas 46 horas y media, desfilaron ante el féretro casi 135 mil personas; afuera, más de un millón de argentinos quedaron sin dar el último adiós a su líder.

Sin embargo, y a pesar del fuerte aguacero –hasta las 9 de la mañana del jueves 4 llovieron sobre Buenos Aires 140 milímetros-, una multitud incalculable se concitó a lo largo de las avenidas Callao y del Libertador para rendir homenaje –al paso del cortejo- al presidente desaparecido.

Pero las mujeres Sandoval Suarez fueron afortunadas esta vez y pudieron despedirse tocando el ataúd y besando sin fin esa madera. En esta circunstancia la pequeña Susana quedó de lado, al cuidado de una vecina, no parecía apropiado someterla a un trajín tan arduo.

Sara, en cambio acongojada, acompañó a su madre en una empatía que se le hizo carne. Ella sufrió la muerte del sindicalista  Rucci, cuál si él hubiera sido su madre; ahora esta nueva pérdida venía a colmar una vida, la suya llena de ausencias, de trágicos abandonos.

El cielo entero llora. Lloraba tanta muerte.

Elvira no podía dejar de pensar en las últimas palabras que había escuchado en boca del General… “Las organizaciones sindicales se han mantenido inconmovibles, y hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más merito que los que durante veinte años lucharon”.

En esa plaza del 1 de mayo, colmada de trabajadores y de la juventud peronista se coreaban consignas:” Qué pasa, qué pasa, qué pasa, general, está lleno de gorilas el gobierno popular”, frente al cuerpo inerte de Perón, esos cánticos atesoran otro sentido, y le replica en su cabeza, el enojo de su líder,  la muchedumbre, las convicciones que tuvo el 1 de mayo al abandonar la plaza, su ausencia al último discurso de su presidente, del 12 de junio,  en dónde todos sus compañeros de base faltaron y el dolor, el interminable dolor que hoy siente.

Y un tiempo impensadamente trágico, que intuía, se  avecinaba, era una mujer con un marcado sentido de la realidad. Esta vez, no quería regresar al bajo Flores, empezaba a sentir que había perdido la brújula. Se preguntaba, como todos ¿qué va a ser de nosotros?; con desesperación aferró bien fuerte la mano de su hija y siguió el camino de esa caravana interminable, de ese pueblo que tan bien las cobijaba.

Quizá, la verdadera despedida de Perón fue  la tarde del 12 de junio de 1974, en dónde advirtió sobre las consecuencias del incumplimiento del Pacto Social, y aconsejó a la militancia que se mantuviera vigilante de las circunstancias que puedan producirse; dijo: “Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección, pero nosotros conocemos perfectamente nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, sin influenciarnos ni por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda.

El gobierno del pueblo es manso y es tolerante, pero nuestros enemigos deben saber que tampoco somos tontos”. Y se despidió diciendo: “Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”.

En sus exequias, la sensación de vacío político era proporcional al tamaño de la figura desaparecida.

En la plaza flotaba una pregunta: ¿Por qué el último Perón nos dejó aquella terrible herencia, antesala del infierno tan temido?

Unos días después, el panorama fue muy complejo, la pobre  Sara presa de una neumonía, por la mojadura de las jornadas anteriores, tuvo que ser internada en el Gutiérrez.

Esta vez la muerte había dejado secuelas en su cuerpo, algo similar le pasó cuando murió su padre, aunque no fue tan grave.

Estuvo en el hospital un mes al cuidado de su madre, que pidió una licencia en la fábrica. Susy quedó al cuidado de una familia vecina, la niña estaba muy acostumbrada a esa gente, quizá más a gusto que con su propia madre.

De vuelta en su casa, Sara demandaba un cuidado especial, todavía se avecinaba un invierno muy crudo, su madre debía regresar al trabajo, por lo que contrató a una mujer para que colaborara en las tareas y en el cuidado de sus hijas.

Todo parecía retornar a la normalidad, así fue por un tiempo, las cosas estuvieron muy bien, la calma que antecede al huracán. Hasta Sara había abandonado por el momento  la obsesión por las alimañas, cuidaba minuciosamente su salud y era cariñosa con su hermanita.

Época de López Rega

Introducción, infancia y adolescencia.

24 de Junio

Día muy frio en la ciudad de Buenos Aires, un sábado helado y plagado de malas noticias.

Crónica titulaba en el copete de la reseña: “La loca de los perros”, Sara Sandoval, una mujer de 53 años, mató a su vecina de 3 puñaladas por una rencilla de perros.

Parece chiste, pero así conocían a Sara en el barrio del Bajo Flores. Una mujer mayor que vivía sola en una casa abandonada y que tenía 17 perros, 5 gatas; dos de ellas recientes madres de 6 gatitos; haciendo un total de 17 felinos, un loro y convivía con dos docenas de ratas como mínimo.

El diario titulaba: “Tragedia en el Bajo Flores; mujer caucásica enloqueció y mató a su vecina medianera”.

Sandoval se había atrincherado en su vivienda tapando el alambre tejido que dividía su propiedad de la vecina con todos los muebles de su morada y los animales estaban aterrados, hambrientos y desolados al cuidado de esta mujer que tenía delirios persecutorios.

Las noticias en todos los medios de comunicación eran confusas y lo que decía el canal del solcito, se desdecía en América, el canal de las tres pelotas o la TV pública.

Cada multimedio dividía la noticia, extremaba la realidad, creando una psicosis en relación a los hechos ocurridos esa fatídica mañana del 24 de junio del 2013.

Indudablemente, los medios no estaban diseñados para informar, sino, por el contrario para generar el caos y, en la espectacularidad de la noticia, atraer  la atención de millones de espectadores y crear una psicopatía colectiva en torno del suceso.

Las novedades eran confusas

Sara ajena al bullicio mediático, solo pensaba en cómo hacer para que las ratas que pululaban por su casa no la ataquen y obviamente salvaguardar a sus 17 perros, 17 gatos y a su amado Pedrito que en ese maremoto y desde la madrugada repetía como un disco rayado “Pedrito, no quiere papa, GrrrGrrrGrrr, Pedrito quiere Saritaaaa, Pedrito, Pedrito, GrrrGrrr, Pedrito, Viva Perón, Viva el General”.

Sara aturdida, enrarecida y hambrienta no reconocía ni los parloteos de Pedro, el loro que siempre y tanto la había acompañado.

Comenzaron a sonar sirenas muy fuertes, eran los bomberos, la policía y acompañaban la escena algunos cronistas que llegaban a la calle Boyacá esa mañana enmarañada de sangre, gritos y una confusa sensación de precariedad emocional, por donde se lo mire.

Haciendo historia

Era un tiempo de campañas electorales, como sucede cada dos años en elecciones de Senadores y diputados; se estaban armando las P.A.S.O. entonces, todo estaba teñido de un rarificado clima electoralista donde las propagandas políticas empapelaban la ciudad, el barrio, el país entero.

El último gobierno de Cristina Fernández había coronado la época de una desmesurada brecha que se gestaba enérgicamente dividiendo a la sociedad en Anticristinistas o los que  aguantaban los trapos de la morocha, como les gustaba nombrarla a los militantes camporistas.

Sara no pagaba sus servicios desde la gran crisis del 2001, hacía 12 años que estaba colgada de la luz, sin gas, ni teléfono y el agua aún no se la habían cortado; definitivamente era una inviviente, una ocupa de su propia casa, una desclasada, aunque sobre todo, era una huérfana de madre, padre y hermana. Doña Elvira había resistido al alzhéimer hasta fines de diciembre del 2000 y Susy en 1987 contrajo nupcias con un hacendado brasileño y se mudó a Brasilia en principio y en el 89 a Sao Pablo, dónde perdió todo contacto con su familia.

Elvira tenía 91 años cuando partió de gira hacia un lugar más cálido, confortable y seguramente esperado. Su ancianidad fue un calvario, para Sara, quien padecía las inclemencias de tan brutal desprendimiento de la realidad de su madre y para la anciana, la posibilidad de no ser testigo de la demencia de su primogénita.

Ciertamente, la fatídica mañana del 24 de junio del 2013 comenzó para Sara su verdadero Vía Crucis

La verdadera personalidad de Sara

Solo sabía actuar y creía firmemente que la palabra correspondía a la acción y la acción a la palabra, entonces obraba en consecuencia. La vida en el penal le resultaba sencilla, toda su vida actuó, representó, sus impulsos dominaban su mente y su mente la había poseído. Desde pequeña se ataviaba raro, mezclaba colores, texturas, largos con cortos, melena impecable o despeinada, uñas cortas rojas o largas sucias: no era una pose, era su impronta de verse y gustarse; de salir a la vida sin que la mirada del otro la incomodara, haciendo lo que le plazca sin sentir zozobra de lo hecho.

Era la Vicenta, china del Juan Moreira, era una niña que su madre maltrataba, era una mujer fatal, una prostituta, era insegura y la única que se animaba, era Sara, una mujer que la vida se la llevó puesta por vericuetos cómplices de una sociedad deshumanizada, mal oliente y nula de empatía, pero, a ella ya no le importaban esos otros, insoslayablemente, al perder ese espejo se perdió en sus propias sombras, dejó de ser, se despersonalizó.

Así estaba por esos días de junio, pasando por la yeta del 15, sin registrar que ese número era tan cercano como el 24 y que juntos confluirían en la inhóspita soledad que el destino le tenía preparado.

El 13 de julio había ido a su dentista de toda la vida, en la calle Boyacá  en el Bajo Flores. Oscar la había mirado largamente como siempre lo hacía, escudriñando sus dientes, pero también verificaba su estado de ánimo.

El consultorio estaba repleto, no se quedó. Solo le quedaban 7 dientes del maxilar inferior, los demás los había perdido en las sucesivas visitas a otros dentistas que en la precariedad económica que tenía no podía bancar a Cacho, este hombre que se empeñaba en cuidarla cuando Sara se dejaba cuidar.

A veces su indefinición económica, social y emocional la alejaban esas 30 o 40 cuadras que separaban su casa del consultorio de Boyacá 375, avatares de la vida de un Buenos Aires que se jactaba de ser inclusivo, pero era decididamente excluyente para algunos ciudadanos.

Sara esa mañana se había despertado con una sensación de dolor profundo en su boca, ella presuponía que tenía una caries de cuello en uno de sus caninos y eso venía perturbándola desde que su mamá se perdió, en ese estado crítico que la llevo el Alzheimer.

Como venía contándoles, esa mañana salió espantada del consultorio de Cacho, así le agradaba nombrarlo a su dentista, salió y vagó por el Bajo Flores, sin rumbo. Llegó a la 1.11.14, estaba vestida de mañana y como hacía muchísimo frio, tenía el camisón; sin corpiño ni bombacha debajo de un pantalón de frisa y un pullover negro que hacía quince años le había podido comprar a su mamá.

Tenía  una campera rompe viento que encontró en su casa, seguramente sería de su hermana, En esa caminata desenfrenada se aferraba a esa campera como si fuera el único contacto con alguien cercano, amado y aunque lejano en la presencia; afortunadamente cercano en el intacto amor de hermanas o de madre. Claro, Susú fue su hijita hasta que se marchó a los 24 años.

Muy bien casada, bien amada por ese hombre mayor que había venido a rescatarla de tanta pobreza que embargaba a Sara y Elvira ese año 92 o sencillamente en la década infame del Menemismo o Menemato como a su madre le gustaba llamar ese proceso; cuyo  líder era un mono patilludo que como paracaidista llegó desde Anillaco, La Rioja.

Esos provincianos decía la vieja, vienen a Buenos Aires y quieren hacer la revolución productiva en nuestras tierras, a costa del hambre del pueblo y le van pulverizando todos sus derechos. Esos derechos que Sara recuerda bien y que había otorgado el Gran Perón y su compañera Evita Duarte.

Volviendo al 13 de julio en esa inhóspita mañana de lluvia y temporal en donde Sara se había perdido en los angostos pasillos de la 1.11.14, una ciudad dentro de la ciudad en el Bajo Flores. Allí, por primera vez comprendió a su madre y sintió que el Alzheimer iba también a apoderarse de ella. Que esto que aún no empezaba ya necesitaba olvidarlo, empezó a tocar puertas desesperada, los vecinos la ignoraban, no les gusta a los de la 1.11.14 que los distraigan un sábado y menos a las 9.50 de la mañana.

La miraban mal o eso percibía Sara que se sintió agredida, aunque no era la comunidad quien la agredía, era un principio de brote psicótico que volvía a gestársele; perdiendo así la cuenta de los brotes, de las situaciones que esa mujer cercana a ser sexagenaria había padecido, transitado a lo largo de toda su vida. Pero, ese día era distinto, estaba incómodamente sola en el mundo, en esa villa, en los pasillos de esa ciudad perdida en el Bajo Flores.

La vida se le venía encima y a pesar de sus ilusiones intactas, sentía dolor de cuerpo y una apabullante sensación de precariedad. El  miedo no es buen compañero, recordó algo que Cacho le decía; el miedo es la antesala de la muerte

¿Qué paso con Susú?

Menemato, 1992

Corría el año 1989 cuando Susú terminaba de cursar 5to año en el Nacional Buenos Aires, su hermana Sara y su mama Elvira había hecho todos los sacrificios para mandarla a una muy buena escuela pública, aunque la distancia era extrema, acompañaron bien de cerca la carrera secundaria de la benjamina.

Se graduó con honores el 5 de diciembre de 1990, la ceremonia fue austera como se acostumbraba en esa institución, pero con una concurrencia masiva porque eran 7 divisiones con 40 estudiantes en cada una de ellas, lo que hacía un total de 280 estudiantes y multiplicado por 2 o 4 personas que constituían el grupo familiar hacían un  total de 820 personas que junto a algunos amigos y la comunidad educativa lograban un verdadero y populoso “Acto Escolar”.

Así lo disfrutaron las tres, también él, un hombre de 30 años que siendo profesor de Susú, estaba deslumbrado viéndola recibir su diploma de mejor promedio de la división 5to 1era y de toda su promoción del Colegio Nacional.

Fue él,  Almodóvar Freidovich quién le entregó la mención de honor junto a su madre y hermana, Sara Sandoval. Como ya les conté, las hermanas eran de distintos padres, por tanto, Susú se llamaba María Susana Suarez. Llevaba el apellido de su madre porque la relación con su padre había sido intermitente, él era sindicalista.

Cuando comenzaron los años  difíciles en el 74, principios del 75 perdió el contacto con la Doña para siempre. Elvira se enteró un tiempo después que estaba preso en la cárcel de “Coronda”, allí llevaban a los del gremio del Plástico, aunque no tuvo Sentous  la mejor suerte y pese a la búsqueda incansable de su compañera, en 1983 se confirmó su desaparición y años más tarde su nombre engrosó la lista del Nunca Más y pudo verificar la forma en que lo habían chupado.

De Coronda paso al “Campito”, en Campo de Mayo y seguramente su destino se definió  en algunos de los tantos “vuelos de la muerte”. Visitaron las tres El “Campito” en el 2001, cuando con la gestación de “Memoria, verdad y justicia” por el SERPAJ,  los familiares de los desaparecidos tuvieron la posibilidad de conocer  ese “centro clandestino” de desaparición de personas en lo que ahora es el Hospital Militar de Campo de Mayo.

Pero volviendo a Susú, a su adolescencia y niñez feliz junto a su hermana y a sus fantasías, a su madre y su incansable militancia peronista; esos valores que forjaron en maría Susana Sentous Saldívar una mujercita increíblemente bella, hipersensible y adorable. Es tal, que su enamorado, Almodóvar estaba perdido por ella y hasta los 13 años que los diferenciaba, el estatu quo, que prohibía a un docente involucrarse con su estudiante no fueron impedimento para que se consolide una unión que era solo una cuestión de tiempo.

¿Cómo nació el amor?  la residencia en Brasilia, y finalmente en Sao Pablo; Brasil.

Un amor donde el intelecto era el primer motor, la primera conexión nació en el primer día de clases que el profesor Freidovich sintió cuando atravesó la puerta del aula y pregunto tibiamente ¿Qué era la raíz cuadrada de un numero? Y Sara con su tono cálido dijo: “Cuando un número es expresado en raíz cuadrada, significa que, depende cual sea su raíz, siempre va a ser el valor menor en esa raíz; del mismo modo que si es elevado exponencialmente va a ser el caso inverso, es decir, la posibilidad más alta”. …y él se quedó satisfecho con ese razonamiento, lo convenció, observándola a partir de ese instante con cierta admiración increyente.

Fue en la marcha Federal donde Almodóvar descubrió a Susú, ella estaba enfundada en sus vaqueros chupines celestes y tenía una campera azul, la del uniforme de egresada con cartelones de Guille, el hermano menor de Mafalda y en su distintivo una calavera ahorcándose que simulaba que algo estaba definitivamente mal ese año, allá por el 75; año en el que Susú se egresaría.

Ella y su desparpajo de los 17 la llevaban a andar por la vida sin más preocupación que ponerse colitas en su pelo que combinen con sus anillos y llenarse de colores para tapar tanta tonalidad gris que circundaba en la atmosfera teñía de desapariciones repentinas, falcón verdes circulando a altas velocidades y una revolución que estallaba en plena democracia reconquistada.

Todo era vertiginoso, pocas palabras y demasiada acción. Almodóvar sencillamente observaba desde el atrio de su sabiduría y dejaba a los acontecimientos laxamente ganar lo inevitable que venía a acontecer.

Se estaba gestando un estallido social, y no era eso sino un nubarrón denso, lúgubre en donde el Nacional Buenos Aires bullía, aunque plagado de buchones y entregadores y Almodóvar lo sabía y callaba sin conceder mientras clandestinamente militaba activamente en la Juventud Peronista.

Susú estaba enamorada de las palabras de su profesor, de su versatilidad, de su hombría y de sus hombros; anchos, fuertes y de sus piernas entre flacas y macizas.

Entonces, les decía que ese 24 de agosto se cruzaron en esa marcha. Habían hecho un simulacro de bomba en el Nacional y todos dispararon hacia algún destino y Susú comenzó a vagar sola por la calle Perú, se confundió en una marcha Nacional de Educación y ahí se encontró marchando al lado de Almodóvar. ¿Amor de militancia o amor de desolación?

Diciembre 1981 “La decisión y el viaje a Brasil”

Susú terminó el secundario, entró a la universidad a filosofía y letras y a un furioso noviazgo con su profesor del Nacional Buenos Aires. Veinte años distaban entre Susú y Almodóvar, pero él era el padre que ella necesitaba y para él, ella representaba la juventud que como buen intelectual militante necesitaba para bancarse un momento político, social y económico imposible de tolerar sin buscar fugas.

El profesor tenía todo calculado, su cabeza estaba marcada. Así es que para el  20 de diciembre del 80 había reservado dos pasajes de ida a Sao Pablo, Brasil.

Para Sara y Elvira la noticia del repentino viaje fue un balde de agua helada sobre sus insignificantes cuerpos, no comprendían porque ese hombre barbado y tan mayor había decidido llevarse a la más pequeña del clan a un país extranjero, a un lugar tan distante y en un momento social donde todo parecía desintegrarse.

Pero así estaban las cosas y no había lugar para demasiada explicaciones, Almodóvar era un buen hombre, de pocas palabras y las tres mujeres habían comprendido que era suficiente para ellas contar con la protección paternal de alguien; ante tanto desamparo y desidia que por esos días se Vivian.

Enero de 1976  “Vacaciones en familia”

Fue un verano diferente, hubo la posibilidad de veranear y Santa Teresita fue el destino accesible para las tres mujeres. Sara y Susú tenían por primera vez la posibilidad de visitar el mar. El sindicato de Pasteleros  ofrecía una semana en el hotel Gran Lido a una suma razonable que se pagaba con algo más de la mitad de una quincena, incluyendo pasajes y media pensión.

Luisa ferviente de volver a pisar el mar hizo de tripa corazón y llevó a sus hijas a vacacionar por primera vez y única para Sara, y para las sucesivas de Susú que indudablemente sería una niña mujer estrellada. Para ella la vida le tenía guardada enormes experiencias, algunas muy delicadas, otras deliciosamente bellas y ante todo una existencia diferenciada a la de su hermana Sara, que cada día era para ella, una aventura por la subsistencia equilibrada y mansa.

No resultaba fácil porque cuando para todos lo que sucedía era agradable, para ella, por su propia complicación interna; todo se confundía en un maremoto de miradas, gestos y sensaciones de desasosiego.

Ese desvelo nació una lluviosa madrugada de verano cuando luego de una calurosa noche buena nació Sara justo cuando asomaba la navidad. Entre llantos y precariedad asomó su cabecita en un cuartucho del Hospital Piñero, así Luisa se convirtió en madre primeriza de una beba que pesaba cuatro kilos, demasiado grande o muy pequeña, quien sabe cuándo especulamos que vino a entrelazarse entre talantes extraños y humores cambiantes que descorchaban sidras, champagne y pan dulce.